Para unos, una gran explosión originó
todo… polvo cósmico viajando por el espacio, un espacio sin arriba ni abajo, un
espacio sin límites. En algún lugar y luego de 15 mil millones de años de
evolución cósmica y biológica, aparecemos nosotros, los humanos, junto a un
sinnúmero de especies conviviendo en un mismo tiempo y un mismo lugar, la
Tierra.
Para otros, en siete días, un Dios
creó aquel universo vasto e infinito. Aquel mismo universo que vería a Dios, en
el sexto día, crearnos a los humanos del polvo de la tierra y para quien
seríamos su última y más sagrada creación de entre todo el resto de especies
sobre la Tierra.
De cualquier manera, los seres
humanos provenimos del polvo, de la materia inerte, por evolución biológica y
cósmica o por milagro divino. Nos quisimos llamar “hombres (humanos) sabios” y
quisimos decirnos en latín “Homo sapiens”. ¿Sabios? Sí, sabios... porque a pesar
de todo pensamos que usaríamos nuestra tierra, nuestra naturaleza, con
sabiduría… Fuimos conscientes de que nuestras capacidades de crear, inventar,
imaginar, recordar, planear, razonar, y pensar, eran ciertamente más complejas
que las del resto de animales. Fue entonces que creamos herramientas
sofisticadas, imaginamos paisajes y universos distintos en tiempo y espacio,
recordamos sensaciones de nuestra niñez, elaboramos planes a futuro,
desarrollamos el razonamiento lógico y el pensamiento abstracto, inventamos el
deporte, el arte, el lenguaje y la filosofía… pero también, fuimos conscientes
de que con nuestra inteligencia seríamos capaces de dominar y someter a las
demás especies de la Tierra, y eso también lo hicimos.
Así, dominamos y nos creímos
superiores al resto de seres de la naturaleza. Nos creímos invencibles frente a
nuestras especies hermanas, y nuestra necesidad de dominar para sobrevivir se
convirtió en una forma de sentir placer. Creímos ser la mejor especie de la
creación y sentimos un derecho innato de burlarnos de las demás criaturas, de
maltratarlas y matarlas. Confundimos necesidad de supervivencia con placer y
diversión. Creímos que nuestra superioridad era un hecho, y que nuestra Tierra,
nuestro hogar, fue creado para servirnos.
Sin embargo, nos olvidamos de una
cosa: del principio, del momento en el que vinimos a ocupar este espacio y
tiempo. Nos olvidamos de que la naturaleza ya estaba aquí cuando llegamos,
estaba ocupando su espacio en la Tierra antes que nosotros. Nos olvidamos de
que cuando llegamos nos adaptamos a ella, a las condiciones ambientales creadas
y sostenidas por ella misma. Nos olvidamos que sin ella no podemos existir,
pero ella sin nosotros sí puede hacerlo. Nos olvidamos que la sabiduría que
decimos tener es la capacidad de entender la realidad y tomar decisiones
mediante el uso de la inteligencia, nuestra inteligencia, y nuestras experiencias previas.
No entendimos, con nuestra propia experiencia, que la base para convivir en un
mismo espacio y tiempo es el respeto. Respeto entre nosotros, Homo sapiens,
y respeto hacia la naturaleza.
Haciendo alusión a nuestro nombre
latín de “hombres (humanos) sabios”, deberíamos mirar hacia el resto de la
creación, hacia nuestras especies hermanas y por fin darnos cuenta de que
nuestra complejidad NO nos hace superiores. Darnos cuenta de que al compartir
un mismo hogar, llamado Tierra, no somos diferentes de la naturaleza, venimos
de ella y por lo tanto somos parte de ella misma. Darnos cuenta de que nuestra
complejidad NO nos da el derecho de burlarnos y abusar del resto de especies,
hermanas nuestras.
Ahora, depende de nosotros el usar
nuestra inteligencia y la sabiduría que decimos tener, para vivir,
sobrevivir, y convivir con respeto junto al resto de la naturaleza y del
universo del cual somos parte NO fundamental. Depende de nosotros el usar
nuestra capacidad de asombro frente a la grandeza, la belleza, y la perfección
imperfecta de la creación. Depende de nosotros el cambiar nuestro modo de vida
con el resto de humanos y con nuestra Tierra.
Depende de nosotros el cambiar ese
destino, aparentemente inevitable y cercano, de desaparición de nuestra
especie. Depende de nosotros el trascender con nuestras acciones, hacer que
esta oportunidad que tenemos de vivir valga la pena, no sólo para nosotros
ahora, sino para las futuras generaciones que vendrán y que merecen un mundo más
justo y armónico.
El cambio es ahora, mañana puede
ser muy tarde…
¿Qué vas a hacer hoy tú para
trascender y hacerte digno de ser llamado Homo sapiens?
Por: Leonardo Daniel Ortega
López